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viernes, 7 de mayo de 2010

LA BATALLA ES DEL SEÑOR


LA BATALLA ES DEL SEÑOR

«Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y El os entregará en nuestras manos» (1° Sam. 17:47).

Siempre hay dos maneras de tratar una misma doctrina. La verdad de este texto puede ser usada bien como narcótico o como estimulante. Algunos son tan malos que dicen: Si la batalla es del Señor no necesitamos pelearla-, si es del Señor podemos rehusarla.

Pero aquí vemos cómo David usó esta verdad; ella enalteció su alma y puso nervio en su brazo. Todos nosotros estamos peleando de un bando o de otro y lo peor de todo son aquellos que se vanaglorian de su neutralidad. Para el cristiano estas palabras son tan verdaderas que ha de cifrarlas en su bandera como lema y escribirlas en el «libro de las guerras del Señor».

I. EL HECHO GRANDIOSO: «La batalla es del Señor.»
1.    Siempre que es por la verdad, la justicia, la santidad, el amor y todas las cosas que el Señor ama, la batalla es del Señor (Sal. 45:4)
2.    Su nombre y su gloria están envueltos en ella. Es su honor ver la justicia establecida sobre la tierra. El Evangelio glorifica grandemente a Dios. Los hombres hacen el boicot al honor divino cuando se oponen a El, y el Señor vindicará su propio nombre. Así que nuestro conflicto viene a ser la batalla del Señor (Is. 40:5).
3.    Nosotros peleamos tan sólo bajo su poder. El Espíritu Santo es nuestra fortaleza; no podemos hacer nada sin el Señor; de ahí que la batalla es suya en el más alto grado (2° Crón. 13:12; 20:12).
4.     El nos ha ordenado luchar. Es la orden de nuestro Rey ir adelante en esta guerra. No somos francotiradores a nuestra propia cuenta, sino guerreros bajo su mandato (1a Tim. 6:12)..

II. SU INFLUENCIA SOBRE NUESTRAS MENTES.
1.    Hace ligera la oposición, pues ¿quién puede estar contra el Señor? No somos acobardados por nuestra flaqueza. «Cuando soy flaco entonces soy poderoso.» El Señor nos hará poderosos en su propia batalla.
2.    Nos entregamos a la tarea de todo corazón. Debemos tanto al Señor Jesús que debemos luchar por El (1.1 Corintios 16:13).
3.    Escogemos las mejores armas. No nos atreveremos a poner en los cañones del Señor la pólvora del diablo. El amor, la verdad, el celo, la oración, la paciencia, deben ser usados de la mejor manera en la batalla de Dios (2a Cor. 10:4).
4.    Estamos confiados de la victoria. ¿Puede el Señor ser derrotado? El venció a Faraón y hará lo mismo con Satanás a su debido tiempo (1a Cor. 15:25).
III.LECCIONES RELACIONADAS CON ESTO.

Haced de vuestra lucha la causa de Dios. Nunca os envolváis en un asunto egoísta por motivos propios; aspirad tan sólo a Su gloria; apartaos de todos los designios siniestros.

Por su método. Contended por la fe como Jesús habría luchado, no por un camino que el Señor desaprobaría.

Por vuestra fe. ¿No podéis confiar que Dios peleara sus propias batallas?

Mr. Oncken me dijo que fue acusado ante el burgomaestre de Hamburgo, quien le ordenó cesar de tener reuniones religiosas. «¿Veis este dedo pequeño? --dijo el gobernador-; pues mientras yo pueda mover este dedo os combatiré a vosotros, bautistas.» «Sí --dijo el señor Oncken-, veo su dedo pequeño, pero veo también un brazo muy grande que usted no puede ver. Puesto que el poderoso brazo de Dios está levantado a nuestro favor, su dedo pequeño no nos aterrorizará.» -David Gracey en TheSword and theTrowel.

No es la voluntad de Dios que su pueblo sea un pueblo timorato. - Matthew Henry.

Se dice de los cuáqueros perseguidos que miraban firmemente a la fortaleza del Todopoderoso como declara el refrán:

«No digáis: ¿Y quién soy yo? Antes bien:
¿De quién soy yo, para que pueda temer?»
(Anales de los Primitivos Amigos)
La fortaleza de Lutero consistía en la forma en que traía a Dios el peso de la Reforma. Continuamente argumentaba en sus oraciones: «Señor, ésta es tu causa, no la mía; por lo tanto, haz tu propia obra; pues si este Evangelio no prospera no será tan sólo Lutero que tendrá la pérdida, sino Tu propio nombre que será deshonrado.»

La reina Elisabeth pidió a un comerciante que se fuera a la India en servicio real, y cuando él objetó que con ello arruinaría su negocio, ella replicó: «Usted ocúpese de mi negocio y yo me cuidaré del suyo.»

Si la batalla es del Señor, tenemos que estar seguros de que El se ocupará de ella.

SALUDOS Y BENDICIONES!! 


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